M de Mucho

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Hace años que tengo sobrepeso. Tanto tiempo después puedo afirmar que la razón de base es la autoestima. El exceso digo. (El de autoestima, no el de peso).
Entre tanta tiranía de cuerpo flaco y anoréxico, no seré yo quien haga una apología de los rollos o una reivindicación de la gordura. Nada más lejos de mí. Conozco los riesgos, y con el paso del tiempo, entiendo que finalmente tendré que hacer algo al respecto. Soy madre y deberé preservarme sana para ocuparme de mis hijas.
Antes de empezar a adelgazar (Cómo se hará tal cosa… ¿) intento ordenar el resto de los motivos..
Ocurre que nadie que me conozca puede decir que no tengo fuerza de voluntad. Al revés, soy una especie de topadora. Creo realmente que uno puede hacer lo quiera. Solo tiene que hacerlo. Tendré que aceptar entonces que o nunca me propuse realmente adelgazar o es la excepción a la regla en mi personalidad. Mientras escribo recuerdo que una vez el notero de un programa en el que trabajaba, una noche, medio borracho, mientras cubríamos la grabación del video clip de Sabina con Fito “Llover sobre mojado” (Dios, cuánto memoria al pedo), me dijo: “Lo que pasa es que vos tenés que ser grandota porque le pones el cuerpo a todo”. En realidad no sirve como excusa, lo que de verdad pasa es que me gusta comer.
La casa de mis padres, y ahora la mía, son una especie de club social en donde desfilan a diario amigos, familia, conocidos, amigos de los amigos, familia de la familia y últimamente se han sumado amigos de mis hijas, familia de los amigos de mis hijas, etc. Y entre lo que yo cocino y los que los otros traen esto parece un buffet con servicio 24 horas. Cocinar me relaja. Cocinar para los demás me encanta. Me compre una cocina industrial. Y la uso.
Me ha sucedido siempre además que no tengo rollos (juego de palabras tonto) con el tema de mi imagen. Me veo divina, me siento sexy. Siempre tuve “levante”. Por otro lado a esta altura noto que he cometido, en nombre de mi libertad, atropellos al buen gusto (Si Madonna salía a bailar con corpiño de conos por qué yo no, eh?). Pero sospecho que los hubiera cometido igual, independientemente de mi peso.
No tengo limitaciones tampoco, soy ágil, soy flexible, puedo bailar horas, y hace unos años, cuando tuve un operación “importante”, el cirujano estaba preocupado porque suponía que iba a tener los “valores” mal. Ja, divinos estaban. Como yo. (Lástima el tumor… que de todos modos nada tenía que ver con mi peso).
Para completar la situación, la mirada del otro, por lo menos la mirada de lo externo, siempre me chupó un huevo. Me pongo lo que quiero cuando quiera. Y tengo alma de arbolito de navidad, pero de luto: Vamos con aros, collar, reloj, tacos, anillos, todo negro. Y todo grande.
En fin, parece que me llegó la hora. Por lo menos la de la conciencia. Debería entonces, en nombre de la sanidad, perder algunos kilos. Y se me ocurre que podría empezar por:
– Los kilos que legalmente no están casados con mi marido.
– Los kilos que nunca se recibieron de licenciada.
– Los kilos que parieron a la segunda pero que no tuvieron nada que ver con la maternidad de la primera.
– Los kilos que no conocieron el primer departamento.
Y si todo este auto convencimiento no alcanza, tengo que pensar que capaz, sólo capaz, me entran otra vez los pantalones de cuero. Y entonces, no podíamos irnos sin otro juego de palabras tonto, tamaño esfuerzo habrá valido la pena.
gordaHace años que tengo sobrepeso. Tanto tiempo después puedo afirmar que la razón de base es la autoestima. El exceso digo. (El de autoestima, no el de peso).
Entre tanta tiranía de cuerpo flaco y anoréxico, no seré yo quien haga una apología de los rollos o una reivindicación de la gordura. Nada más lejos de mí. Conozco los riesgos, y con el paso del tiempo, entiendo que finalmente tendré que hacer algo al respecto. Soy madre y deberé preservarme sana para ocuparme de mis hijas.
Antes de empezar a adelgazar (Cómo se hará tal cosa… ¿) intento ordenar el resto de los motivos..
Ocurre que nadie que me conozca puede decir que no tengo fuerza de voluntad. Al revés, soy una especie de topadora. Creo realmente que uno puede hacer lo quiera. Solo tiene que hacerlo. Tendré que aceptar entonces que o nunca me propuse realmente adelgazar o es la excepción a la regla en mi personalidad. Mientras escribo recuerdo que una vez el notero de un programa en el que trabajaba, una noche, medio borracho, mientras cubríamos la grabación del video clip de Sabina con Fito “Llover sobre mojado” (Dios, cuánto memoria al pedo), me dijo: “Lo que pasa es que vos tenés que ser grandota porque le pones el cuerpo a todo”. En realidad no sirve como excusa, lo que de verdad pasa es que me gusta comer.
La casa de mis padres, y ahora la mía, son una especie de club social en donde desfilan a diario amigos, familia, conocidos, amigos de los amigos, familia de la familia y últimamente se han sumado amigos de mis hijas, familia de los amigos de mis hijas, etc. Y entre lo que yo cocino y los que los otros traen esto parece un buffet con servicio 24 horas. Cocinar me relaja. Cocinar para los demás me encanta. Me compre una cocina industrial. Y la uso.
Me ha sucedido siempre además que no tengo rollos (juego de palabras tonto) con el tema de mi imagen. Me veo divina, me siento sexy. Siempre tuve “levante”. Por otro lado a esta altura noto que he cometido, en nombre de mi libertad, atropellos al buen gusto (Si Madonna salía a bailar con corpiño de conos por qué yo no, eh?). Pero sospecho que los hubiera cometido igual, independientemente de mi peso.
No tengo limitaciones tampoco, soy ágil, soy flexible, puedo bailar horas, y hace unos años, cuando tuve un operación “importante”, el cirujano estaba preocupado porque suponía que iba a tener los “valores” mal. Ja, divinos estaban. Como yo. (Lástima el tumor… que de todos modos nada tenía que ver con mi peso).
Para completar la situación, la mirada del otro, por lo menos la mirada de lo externo, siempre me chupó un huevo. Me pongo lo que quiero cuando quiera. Y tengo alma de arbolito de navidad, pero de luto: Vamos con aros, collar, reloj, tacos, anillos, todo negro. Y todo grande.
En fin, parece que me llegó la hora. Por lo menos la de la conciencia. Debería entonces, en nombre de la sanidad, perder algunos kilos. Y se me ocurre que podría empezar por:
– Los kilos que legalmente no están casados con mi marido.
– Los kilos que nunca se recibieron de licenciada.
– Los kilos que parieron a la segunda pero que no tuvieron nada que ver con la maternidad de la primera.
– Los kilos que no conocieron el primer departamento.
Y si todo este auto convencimiento no alcanza, tengo que pensar que capaz, sólo capaz, me entran otra vez los pantalones de cuero. Y entonces, no podíamos irnos sin otro juego de palabras tonto, tamaño esfuerzo habrá valido la pena.

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