Niños de vacaciones, demanda all inclusive

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La vida familiar tiene un ritmo ajustado durante los meses escolares. Las vacaciones nos liberan de la rutina. Y las disfrutamos y sufrimos en partes iguales.

Todo el año esperamos que lleguen las vacaciones para escapar del reloj y de la rutina. Apenas terminan las clases, eufóricos porque finalmente llegó el receso, nos sumergimos en las fiestas de fin de año, con el mareo correspondiente.

Por suerte estamos tan cansados que no tenemos la lucidez necesaria para evaluar los beneficios dudosos de trabajar todo el año para descansar dos semanas, para trabajar todo el año y así. Pero alguna vez lo haremos, estoy segura.

En fin, si sobrevivimos a los festejos de diciembre, enero nos espera. Tras la primer semana -y antes o después de nuestras vacaciones propiamente dichas- ocurre un descalabro en las energías familiares: los padres trabajamos, los hijos tardan apenas unos días en recuperarse del cansancio del año y están llenos de vital expectativa.

Padres agotados, hijos frescos como una lechuga. Padres con trabajo y horarios laborales, hijos con demanda en modo all inclusive. Y enero recién empieza.

Este tiempo divino en el que podemos dormir un poco más o al menos no pelear con las trenzas de La Menor y con el largo del uniforme de La Mayor cada amanecer, puede servir también para explorar aquellas cuestiones para las que no tenemos lugar en la agenda el resto del año.

Es un buen momento para sacar ese juego que les regalaron en agosto y aprender a jugar. Para hacer cenas en la mesa ratona del living mirando una película, desparramados en el sillón. Ceder de vez en cuando algunas reglas es una parte preciosa de la crianza. Somos padres, no un reformatorio.

Pintar un cuadro, cambiar los muebles de lugar, cocinar juntos, dejar que nos lean su libro favorito, ir al cine en la semana. Jugar a pintarse las uñas porque total al otro día no hay colegio. Visitar un museo pero sin la obligación de seguir un mapa, plantar aunque sea un cactus.

Y cuando la temperatura deje de ser asesina, en Buenos Aires el verano es ardiente, y nuestros trabajo lo permita, pasear por la ciudad vacía es un gran plan. Viajar en subte, rodear el obelisco, caminar Caminito o explorar Retiro. Para los nenes es toda una aventura, pero además a nosotros nos permite detenernos en aquello que no vemos por el apuro que llevamos habitualmente. Si nunca alzamos la vista para ver las cúpulas de los edificios de nuestra ciudad no seremos capaces de invitarlos a admirar la belleza. Casi siempre se trata de levantar la mirada.

La Colonia de Vacaciones, si tenemos la posibilidad, si queremos y si hay alguna cerca, es una buena opción. Se hacen nuevos amigos, nadan y se cansan. Y evitamos que se les caigan los dedos y pierdan los ojos por el abuso de la tecnología. Eso sí, post colonia es una excelente oportunidad para jugar con ellos a ese juego que tanto les gusta en la tablet. Con un poco de suerte no nos hacemos adictos.

Está bueno tomar los días como vienen, adentro o afuera, con lluvia o sol, con amiguitas a jugar en casa, con hijos en la oficina, gastando en los protectores solares que pierden en la Colonia incluso más que lo que gastamos en el año en las plasticolas extraviadas. Visitando a los abuelos y acomodando los horarios con un arte que sólo se adquiere con la necesidad.

Las vacaciones largas de los nenes son la previa de las vacaciones en familia. Y los nenes más relajados, ocurrentes y curiosos son, en verdad, un regalo para los padres cansados. Sólo hay que sentarse a jugar, ahora que no hay deberes.

Permitirnos salir de la rutina es genial, total luego vamos a volver a la rutina para descansar de la improvisación. El vaivén de la vida misma.

Es cuestión de aprovechar el recreo para disfrutar el calor del hogar. Sobre todo si tenemos una ventana abierta para respirar el aire fresco que sólo huele así en época de vacaciones.

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