Princesas en zapatillas

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Llegamos al Hotel Alvear temprano, por la mañana. Ansiedad y nervios. Parecía que la sonrisa le iba  a partir la cara en dos a La Menor. El plan del día: Academia de Princesas.

El Alvear es una joya en Buenos Aires. Caireles y tapizados, luces y texturas, todos sus salones parecen el de Bella. Nos recibieron mayordomos amables salidos de cuentos de hadas. O de películas de princesas. Después la nena eligió vestido (Blancanieves, se ve que está vintage). La peinaron y la maquillaron y mientras venía a mi y las doncellas le hacían reverencias yo pensaba lo dificultoso que iba a ser explicarle que aunque ella era una princesa nosotros no éramos su servidumbre.

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Voces agudas de unas cuarenta nenas, todas en la misma situación de alegría saturada. Mi hija pide ir al baño, llega y exclama: Este baño sí que es lindo mamá. Y sentí que estaba perdida, podría subirme, casi sin darme cuenta, a esta especie de moda de “pegarle” un poco a las princesas. Pero me detengo. Durante años nos han convencido a las mujeres de la importancia de ser lindas y luego nos dijeron que si éramos lindas, éramos tontas. Mejor vamos sacando nuestras propias conclusiones.

Mi princesa favorita siempre fue Mulan, tal vez porque es la más despeinada. La de La Menor es Bella. Y en el transcurso de la mañana iremos viendo que no es casual: Las princesas encarnan valores particulares, propios y diferentes y las une la idea de que “La belleza nace de ser uno mismo” y entonces, esa belleza será siempre diferente. Me atrae la idea de que la pequeña, que por las dudas ya va por la cuarta media luna, entienda que ser bueno te hace bello y nunca al revés.

Nos tocó la mesa 10. Bandejas de tres pisos y copas con monograma, desayuno de palacio. Con humor les enseñan a saludar y parecen pequeñas reinas de la vendimia. Les brillan los ojos, pero de verdad. Y entran las princesas, amables, y luego coronan a las nenas, una a una. Es una mañana mágica y cariñosa. Qué bueno tener la edad suficiente para dejar los prejuicios que me generan los colores pasteles y vivir ese momento con La Menor que no puede más de tanta felicidad. Y baila el vals y hace reverencias y escucha atenta cuando hablan de buenos modales pero mucho más cuando hablan de valentía y generosidad. Ahí vamos.

Termina la experiencia y caminamos de la mano hasta la parada del colectivo. Ella no para de hablar de todo lo que acaba de vivir. Los nenes tienen esa capacidad de reforzar los recuerdos de las cosas que recién ocurrieron: “¿Te acordás cuando entró Rapunzel y parecía que bailaba?”. Pienso, ¿Educamos para que nuestras hijas sean Cenicienta o sus hermanastras? ¿Qué les ponemos delante? ¿Qué las inspira?

La Menor, que sigue disfrazada, recuesta su cabeza en mis piernas, mucha emoción para tan poco cuerpo. Antes de dormirse me dice: “mamá, la corona es de verdad”.  Y sin decirlo, pienso: Y la zapatillas que asoman por debajo del volado del de vestido también, por suerte

No se me ocurre mejor combinación para MI princesa.

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Más Sobre Academia de Princesas:  Video de la experiencia (LG) // Radio Disney

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