Sobre la existencia de Papá Noel y otras verdades navideñas

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Esta Nochebuena, como todas las anteriores, todo se resume en una sola decisión personal: ¿Resucitamos o no?

La Menor: Má ya hice la carta para Papá Noel.
Yo: …
La Menor: Y es injusto que a los camellos les pongamos agua y a los renos no.
Yo: Pero…
La Menor: Pobre Papá Noel, pobres renos!
Yo: Pero hija…
La Menor: Ya puse la carta en el arbolilo mamá, me voy a dibujar.

Y me dejó balbuceando. Y se fue.

Mis vacilaciones no son propias del desorden mental con el que suelo llegar a diciembre, aunque ahí está. Mis vacilaciones son porque hace un año y un mes la más pequeña de la familia me preguntó sobre la existencia de Papá Noel y yo, consecuente, le respondí con la verdad y charlamos largo, y me hizo preguntas, y le aseguré que la Navidad no se perdía ahí, le afirmé que regalo iba a tener igual siempre, y que ahora pasaba a ser guardiana de ese secreto frente a los primos más chiquitos que aún no habían hecho “La pregunta”.

Entonces ahora no sé si la nena se reseteó, si nunca me escuchó (tengo ejemplos de sobra para decir que es una gran posibilidad), si el desorden mental estacionario lo tiene ella… o si se esforzó todo el año para olvidar eso que no admitía, y lo logró.

Porque le creo. Mi mira a los ojos cuando me muestra la carta, y le creo. Y si bien hay verdades con las que no podemos (Ni los chicos ni los grandes) hay otras verdades que simplemente no nos parecen tan reales y decidimos desestimarlas, pero porque creemos más en lo contrario. No es escape, es convencimiento.

La definición de realidad es tan compleja como las elucubraciones sobre la existencia de Papá Noel.

La nochebuena tiene que ver con la fe. Y porque creemos, hacemos. Nace Dios y nos vestimos de fiesta, prendemos las luces, atizamos la esperanza y cocinamos como si supiéramos, envolvemos regalos y le ponemos moño a nuestros deseos. Nos dejamos morir porque esa noche se resucita, Dios quiera…. Esperamos las 12 como si de eso dependiera todo lo que nos compone y respiramos con alivio cuando finalmente se juntan las agujas. Brindamos, confiamos, abrazamos incluso a nuestros muertos, sobre todo a nuestros muertos. Nos vemos en nuestros hijos, los que parimos y lo que no. Elegimos entre sidra y champán, entre familia y amigos, entre dorado y plateado, entre moquear o carcajear o carajear, pero elegimos. Nos adivinamos en nuestros padres y en cada Navidad los comprendemos un poco más. Un poco aceptamos, pero también pretendemos imposibles y en el envión de la copa levantada tomamos fuerzas para sostenerlos durante todo el año.

La mañana siguiente, la de navidad, tienen que ver con el amor. Siempre es para mi un tiempo detenido, con el calor del hemisferio, con el sol que que desde las roturas de las persianas se entromete en los sueños, con los restos de moños y papeles minando la casa. Con la familia chica en pijama en el living hablando despacio, con una peli de Navidad en la tele, con el pronóstico de siesta como un don. Con juguetes nuevos, regalos para cambiar, platos sucios, una menú de sobras y la serenidad de haber sobrevivido, triunfantes, a otra Nochebuena que ya es vieja. Todos los días anteriores duraron la mitad de lo que dura el 25 de diciembre. Pero si estamos ahí es porque resistimos a nuestras propias dudas. Resucitamos.

Amar y creer se parecen, pero no sé qué está primero. Y hay ahí algo de nostalgia, de promesa y de certeza. Porque amamos, creemos. Lo bueno de la Navidad es que siempre vuelve, y en general, lo hace cuando urge renacer.

No se si estoy en condiciones de asegurar, ni a mis hijas ni a nadie, que Papá Noel no existe. Y los dejo porque tengo que ir a ponerle agua a los renos.

 

PD: Feliz Navidad, que crean y que amen.  Y gracias, una vez más, por leer.

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